A quienes prefieren los hoteles,
con su decoración impersonal,
y ventanas con vistas
a ciudades que no conocen.
Yo te digo:
soy un hogar.
No un lugar de paso,
sino el latir de cada mañana,
un olor que impregna la ropa,
una taza que usan las mismas manos.
Soy las plantas que crecen sin prisa,
la conversación a media voz un domingo,
la certeza de que alguien abrirá la puerta
y encontrará todo igual,
pero distinto,
porque el amor ha seguido creciendo ahí.
No tengo lujo,
tengo quietud.
No tengo servicio de habitación,
tengo el abrazo que sabe a regreso.
A quienes buscan la novedad de lo efímero,
yo ofrezco la calma de lo constante.
Porque es hogar dónde te quedas,
donde conoces cada ruido,
donde eres refugio y fuego lento.
Yo no soy un destino.
Soy el lugar donde todo reposa.
A quienes prefieren los hoteles,
yo soy un hogar.
